En el mundo moderno ya sabemos, la salud mental se ha vuelto generalizadamente inestable en los adultos
estresados por el trajín de la vida actual, la alta exigencia laboral y la competencia profesional. Pero lo que nos atañe hoy es la terrible noticia publicada recientemente de que la tercer causa de muerte entre los 10 años y los 14 es el suicidio.
A primeras es algo sinceramente terrible, triste y vergonzoso el hecho de darse cuenta que lo que esta ocurriendo es que la salud mental de nuestros niños no esta caminando del modo en que debería. En el marco de la terrible paradoja que significa la vida moderna, con sus prohibiciones al alcohol y al tabaco, se desata una desastrosa catástrofe que revela lo precario de nuestra preparación como adultos a la hora de criar a nuestros niños.
Al parecer los psicólogos, los dentistas, los profesores particulares y las actividades extracurriculares a las que sometemos a los niños no están dando los resultados que esperamos. El problema medular aquí es que los niños están solos. Se pasan las horas frente al televisor, jugando a las consolas más modernas, aislados en un mundo imaginario plagado de valores competitivos y lejos de la atenta supervisión de los padres, de su compañía su consejo, atención y amor.
Estamos fallando aquí en algo muy importante, esto es enseñarlos a gestionar el sufrimiento y tolerar las frustraciones, no le estamos dando, con todos los beneficios materiales con los que llenamos los huecos afectivos, los elementos necesarios para que ellos aprendan a vivir.
Están solos, rodeados de objetos que nos hicieron creer importantes, sobre-protegidos y cuidados, pero solos. Pero son niños, y no pueden soportan la soledad, la incomunicación, y la tristeza -en un período de la vida lleno de cambios, inseguridades y dudas- entonces, algunos (siempre serán demasiados) deciden quitarse la vida.
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